De la etiqueta al traje a medida
En los últimos años se habla cada vez más de “salud mental de precisión”, inspirada en la medicina de precisión, para pasar de protocolos estándar a intervenciones guiadas por datos específicos de cada persona (Bickman, 2016; Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
Este enfoque integra historia clínica, síntomas, contexto, posibles biomarcadores y respuesta a tratamientos previos, con el objetivo de ajustar de manera dinámica la intervención psicológica y psiquiátrica (Bickman, 2016; Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
En neuropsicología, este giro se traduce en programas de rehabilitación cognitiva que buscan no solo mejorar puntuaciones en tests, sino aumentar autonomía, participación social y calidad de vida en daño cerebral, trastornos del neurodesarrollo y deterioro cognitivo asociado a la edad (Gómez-Gastiasoro et al., 2019; Zeng et al., 2023).
La clave es que la intervención deja de ser “un paquete igual para todos” para convertirse en un proceso de ajuste continuo según el perfil cognitivo, emocional y social de cada persona (Gómez-Gastiasoro et al., 2019; Zeng et al., 2023).
Qué es la salud mental de precisión
La salud mental de precisión se define como un modelo que pretende ofrecer “el tratamiento adecuado, en la dosis adecuada, para la persona adecuada, en el momento adecuado”, basándose en evaluación exhaustiva, monitorización y feedback sistemático (Bickman, 2016).
En la práctica, supone integrar datos clínicos, psicométricos, psicosociales, e incluso biológicos, para mejorar la toma de decisiones en lugar de basarse únicamente en diagnósticos amplios poco informativos para el pronóstico individual (Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
Las revisiones sobre este enfoque subrayan que no busca prometer curas milagrosas, sino aumentar la probabilidad de que las primeras opciones terapéuticas elegidas sean eficaces, reduciendo ensayos fallidos y efectos adversos innecesarios (Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
También señalan la necesidad de sistemas de evaluación y seguimiento más finos en la práctica clínica diaria, incluyendo medidas de resultados percibidos por el paciente (Bickman, 2016).
La neuropsicología en este nuevo escenario
La neuropsicología clínica, por su naturaleza, ya se apoya en una evaluación detallada de dominios como atención, memoria, funciones ejecutivas, lenguaje, percepción y regulación emocional (Gómez-Gastiasoro et al., 2019).
Revisiones recientes muestran que los programas de rehabilitación neuropsicológica estructurados e integrales pueden lograr mejoras moderadas a altas en cognición y funcionamiento en diferentes condiciones neurológicas y psiquiátricas (Gómez-Gastiasoro et al., 2019).
Un ejemplo es el programa REHACOP, que organiza el entrenamiento cognitivo y social de forma jerárquica y adaptativa, con resultados positivos en esquizofrenia, esclerosis múltiple y enfermedad de Parkinson, entre otros (Gómez-Gastiasoro et al., 2019).
Los autores subrayan que la eficacia se asocia a la combinación de entrenamiento cognitivo, estrategias compensatorias y actividades de la vida diaria, más que a ejercicios descontextualizados (Gómez-Gastiasoro et al., 2019).
Las revisiones realistas sobre neuropsicología tras daño cerebral resaltan, además, que los programas más útiles son los que se orientan a metas significativas para la persona, promueven el sentido de control y el bienestar psicológico, e incorporan a la familia y al entorno (Zeng et al., 2023).
En este sentido, la salud mental de precisión conecta bien con la tradición neuropsicológica de adaptar objetivos, intensidad y formato a la singularidad biográfica y social de cada paciente (Zeng et al., 2023).

Tecnologías emergentes: IA, realidad virtual y estimulación cerebral
La inteligencia artificial se está utilizando sobre todo para apoyar la toma de decisiones clínicas, integrando grandes volúmenes de datos para predecir respuesta a tratamientos y ayudar a seleccionar intervenciones más ajustadas (Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
Los propios autores advierten, sin embargo, de los riesgos de sobreconfiar en modelos entrenados con datos limitados o sesgados y recuerdan que estas herramientas deben complementar, y no sustituir, el juicio clínico (Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
La realidad virtual (RV) está emergiendo como un recurso prometedor en rehabilitación cognitiva y programas motor‑cognitivos, especialmente en personas mayores con deterioro cognitivo leve o fragilidad cognitiva (Kwok et al., 2024; Li et al., 2025).
Un ensayo aleatorizado en mayores con fragilidad cognitiva mostró que un programa de entrenamiento motor‑cognitivo en RV mejoró la función cognitiva global y redujo la fragilidad física, con buena tolerancia y pocos efectos adversos (Kwok et al., 2024).
Una revisión sistemática y meta‑análisis en mayores con deterioro cognitivo leve concluyó que las intervenciones con RV producían mejoras, generalmente pequeñas a moderadas, en memoria, atención, velocidad de procesamiento y funciones ejecutivas, con buena aceptabilidad (Li et al., 2025).
No obstante, esa revisión señala que la calidad global de la evidencia aún es moderada o baja, y recomienda cautela al generalizar resultados y al prometer efectos a largo plazo (Li et al., 2025).
En cuanto a la estimulación cerebral no invasiva (como la estimulación magnética transcraneal o la estimulación por corriente directa), la literatura la considera una opción complementaria en depresión resistente y trastornos cognitivos, todavía con protocolos heterogéneos y tamaños de efecto modestos (Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
Las revisiones insisten en que, por ahora, debe plantearse como complemento a psicoterapia y rehabilitación, explicando claramente a los pacientes el nivel de evidencia disponible y evitando mensajes triunfalistas (Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
Daño cerebral, neurodesarrollo y deterioro cognitivo: qué cambia en la práctica
Tras un daño cerebral adquirido, las revisiones realistas destacan que los programas más eficaces combinan entrenamiento cognitivo con metas funcionales claras, trabajo con la identidad y el bienestar psicológico, y participación activa de la familia (Zeng et al., 2023).
En este contexto, la personalización se concreta en adaptar el nivel de dificultad, priorizar dominios relevantes para la vida diaria y ajustar el formato (presencial, online, con herramientas como RV cuando tienen sentido) a las capacidades y preferencias de cada persona (Zeng et al., 2023).
En trastornos del neurodesarrollo, el enfoque de precisión implica integrar información neuropsicológica con variables del entorno (familia, escuela, comunidad) y, cuando proceda, datos biológicos, para decidir la combinación más razonable de apoyos conductuales, psicoeducativos y farmacológicos (Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
Las propuestas más rigurosas dan prioridad a la intervención en contextos naturales, la enseñanza de estrategias de autorregulación y la adaptación del ambiente, frente a programas de “entrenamiento cognitivo” aislados con grandes promesas y evidencia limitada (Bickman, 2016; Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
En mayores con deterioro cognitivo leve o demencia inicial, las intervenciones con RV pueden añadir un plus de motivación y variedad, pero siguen siendo un recurso complementario de programas de estimulación cognitiva, intervención psicosocial y apoyo familiar bien estructurados (Kwok et al., 2024; Li et al., 2025).
La evidencia disponible sugiere beneficios en determinadas funciones cognitivas, pero no justifica presentar la RV como sustituto de los programas multidisciplinares habituales ni como una “cura tecnológica” (Li et al., 2025).

Moda vs rigor: qué es razonable esperar
Diversos autores alertan de que términos como “neuro”, “IA” o “realidad virtual” se utilizan a menudo en marketing antes de que exista una base robusta para su uso generalizado en clínica (Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
Desde la salud mental de precisión, se plantea la necesidad de distinguir entre intervenciones experimentales, abordajes con evidencia inicial y tratamientos consolidados, comunicando siempre con transparencia el nivel de certeza y el margen de beneficio esperable (Bickman, 2016; Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
Es razonable esperar que estos enfoques ayuden a seleccionar mejor los tratamientos, reducir tiempos de prueba‑error y diseñar programas de rehabilitación más significativos para la vida de cada persona (Bickman, 2016; Pietrabissa y Castelnuovo, 2024; Zeng et al., 2023).
Lo que no es razonable es prometer curaciones rápidas basadas en un biomarcador o unas pocas sesiones de RV o estimulación cerebral, ni delegar decisiones complejas en algoritmos sin supervisión clínica (Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
Lo insustituible: la relación terapéutica y los programas bien diseñados
Los modelos de salud mental de precisión insisten en que la alianza terapéutica, la implicación activa del paciente y la capacidad de negociar metas significativas siguen siendo factores determinantes de la evolución clínica, incluso cuando se usan tecnologías avanzadas (Bickman, 2016).
Las revisiones en neuropsicología subrayan que el éxito de la rehabilitación depende también de cómo se acompaña: feedback ajustado, validación emocional, trabajo con el entorno y apoyo para generalizar lo aprendido a la vida cotidiana (Gómez-Gastiasoro et al., 2019; Zeng et al., 2023).
En este sentido, la verdadera innovación consiste en combinar la mejor evidencia disponible, las herramientas tecnológicas útiles y la experiencia clínica con el conocimiento vivido de cada persona y su familia (Pietrabissa y Castelnuovo, 2024).
La salud mental de precisión y la neuropsicología del futuro serán más valiosas cuanto mejor integren datos, ética y humanidad para construir apoyos realmente personalizados y sostenibles (Bickman, 2016; Zeng et al., 2023).




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